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Aceptar sin resignarse

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“Esto no debería estar pasando”. A veces lo pensamos frente a una dificultad inesperada. Otras, cuando descubrimos que estamos cansados de algo que elegimos, que una relación no funciona como quisiéramos o que necesitamos una ayuda que nos cuesta pedir. Hay una distancia entre cómo son las cosas hoy y cómo esperábamos que fueran. Reconocerla puede doler. También puede permitirnos decidir con mayor claridad qué hacer. Aceptar empieza por darle un lugar a lo que está ocurriendo, aunque todavía deseemos que sea diferente. Reconocer dónde estamos Podemos seguir organizando nuestros días como si tuviéramos una energía que hoy no tenemos. Esperar de alguien una respuesta que nunca acordamos. Exigirnos resolver solos una dificultad que está superando nuestros recursos. Detenernos a reconocerlo modifica el punto de partida. “Estoy agotada”. “Esto me importa más de lo que quería admitir”. “Necesito ayuda”. “Lo que venimos haciendo no está funcionando”. Son expresiones sencillas, pero a veces c...

Cuando algo termina

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Una relación termina, pero seguimos mirando el teléfono. Dejamos un trabajo, aunque todavía imaginamos lo que diríamos si nos llamaran para volver. Un proyecto ya no continuará y, sin embargo, seguimos haciendo planes alrededor de lo que iba a ser. Sabemos lo que pasó. Lo podemos contar y hasta explicar con claridad. Pero una parte de nuestra vida sigue organizada alrededor de una posibilidad que ya cambió. Que algo haya terminado no significa que hayamos alcanzado a comprender todo lo que ese final representa para nosotros. Lo que termina y lo que seguimos esperando Una relación puede haber sido compañía, intimidad y también la promesa de un futuro compartido. Un trabajo puede haber significado ingresos, pertenencia y un lugar desde el cual sentirnos reconocidos. En un proyecto habíamos puesto tiempo, esfuerzo y una imagen de quienes queríamos llegar a ser. Por eso, cuando algo termina, también se modifica la vida que imaginábamos alrededor de ello. Aparecen preguntas que antes parecí...

Nido Vacío

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Durante años, muchas decisiones cotidianas se organizan alrededor de los hijos: los horarios, las comidas, las vacaciones, los gastos, las preocupaciones. Hasta que algo cambia. Ya no hace falta buscarlos, recordárselo todo ni estar disponibles del mismo modo. Tienen sus planes, sus vínculos y una vida de la que empezamos a conocer solo lo que eligen contarnos. Quizás se van de casa. Quizás siguen viviendo con nosotros, pero su independencia ya se hace sentir. Y aparece una pregunta que puede entusiasmarnos tanto como desconcertarnos: ¿qué quiero hacer ahora con este lugar que empieza a quedar disponible en mi vida? Una casa distinta, un lugar que cambia La expresión “nido vacío” suele asociarse con la partida de los hijos. Sin embargo, la casa puede seguir habitada y sentirse diferente. Lo que cambia también es nuestro lugar: dejamos de ser indispensables para muchas cuestiones en las que antes éramos protagonistas. Podemos alegrarnos por su autonomía y extrañar la cercanía cotidiana....

Cuando los hijos van adelante

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Durante unas vacaciones, mi marido, mis dos hijos y yo subimos a una montaña rusa. Una de esas que te lanzan a toda velocidad, con giros y vueltas que dejan los pies en el aire y bastante poco tiempo para arrepentirse. Nos acomodamos de a dos: mi marido y yo adelante; nuestros hijos, de 15 y 21 años, en el carrito de atrás. En cuanto comenzó el recorrido, mi cuerpo se puso a resistir cada movimiento. Sentí tanto miedo que llegué a pensar en la muerte y a despedirme mentalmente del mundo. Mientras otros gritaban de entusiasmo, yo esperaba que terminara. No disfruté nada. Más tarde, después de probar otras atracciones, mis hijos quisieron repetir. Y acepté. Pensé que, como ya sabía de qué se trataba, quizás esta vez podría disfrutarla. Aunque, para ser sincera, también quería disimular lo miedosa que había resultado. En la segunda vuelta cambiamos de lugar: ellos se sentaron adelante. Y entonces cambió también mi miedo. Ya no estaba pendiente de lo que podía pasarme a mí. Veía a mis hij...

Resiliencia: el valor de los vínculos

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Cuando recordamos cómo atravesamos un momento difícil, suelen aparecer personas. Alguien que nos escuchó sin apurarnos. Una amiga que siguió llamando cuando no teníamos ganas de hablar. Un docente que reconoció una capacidad que todavía no veíamos. Una presencia que hizo más llevadero lo que nos tocaba vivir. También aparecen nuestros propios esfuerzos, decisiones y aprendizajes. Pero al mirar con atención, descubrimos que muchos de esos recursos pudieron desplegarse porque hubo un vínculo, una oportunidad o una ayuda concreta. Hablar de resiliencia también es hablar de aquello que nos sostiene. Qué entendemos por resiliencia La resiliencia es la capacidad de afrontar situaciones adversas, adaptarnos y recuperarnos, con la posibilidad de salir fortalecidos de esa experiencia. Ese fortalecimiento puede expresarse en nuevos recursos, mayor confianza en nuestras capacidades, vínculos más sólidos o una perspectiva diferente sobre lo que valoramos. Salir fortalecidos no significa quedar int...