Cuando los hijos van adelante



Durante unas vacaciones, mi marido, mis dos hijos y yo subimos a una montaña rusa. Una de esas que te lanzan a toda velocidad, con giros y vueltas que dejan los pies en el aire y bastante poco tiempo para arrepentirse.

Nos acomodamos de a dos: mi marido y yo adelante; nuestros hijos, de 15 y 21 años, en el carrito de atrás.

En cuanto comenzó el recorrido, mi cuerpo se puso a resistir cada movimiento. Sentí tanto miedo que llegué a pensar en la muerte y a despedirme mentalmente del mundo. Mientras otros gritaban de entusiasmo, yo esperaba que terminara. No disfruté nada.

Más tarde, después de probar otras atracciones, mis hijos quisieron repetir. Y acepté. Pensé que, como ya sabía de qué se trataba, quizás esta vez podría disfrutarla. Aunque, para ser sincera, también quería disimular lo miedosa que había resultado.

En la segunda vuelta cambiamos de lugar: ellos se sentaron adelante.

Y entonces cambió también mi miedo.

Ya no estaba pendiente de lo que podía pasarme a mí. Veía a mis hijos y me aterraba la idea de que se cayeran sin que yo pudiera hacer nada. El recorrido fue el mismo, pero mi experiencia había cambiado por completo. Toda mi atención estaba en el carrito de adelante.

Durante bastante tiempo recordé aquel episodio como un mal momento en el que mi imaginación me había jugado una pésima pasada. Hasta que un día, al contar la anécdota en una conversación de consulta, encontré en ella otro sentido.

Lo que queda adelante

Pensé en cómo cambia nuestra atención a medida que nuestros hijos crecen. Van ganando autonomía, construyen espacios propios y participan de experiencias que ya no vemos de cerca. Nosotros también podemos recuperar intereses, proyectos y partes de nuestra vida que habían quedado relegadas.

Pero a veces les sucede algo, atraviesan una dificultad o necesitan apoyo, y vuelven a ocupar el primer plano. Como en aquella montaña rusa, dejamos de mirar nuestro propio carrito y toda nuestra atención se dirige hacia ellos.

Encontré allí una imagen de la relación entre figura y fondo, una noción de la Gestalt: algo se destaca y concentra nuestra atención, mientras lo demás queda detrás. Esa relación puede cambiar; lo que estaba en el fondo vuelve a cobrar presencia, y lo que nos absorbía deja de ocupar todo el espacio.

En la primera vuelta, mi propio miedo era la figura. En la segunda, lo que imaginaba que podía pasarles a mis hijos desplazó todo lo demás.

Atender lo que reclama nuestra atención

Cuando algo de mis hijos me preocupa intensamente, me cuesta seguir con mis asuntos como si nada ocurriera. Necesito detenerme, comprender qué está pasando y reconocer qué puedo hacer con eso que ocupa el primer plano.

A veces hace falta acompañarlos de manera concreta. Otras, conversar, escuchar o esperar. Y otras veces me toca reconocer que mi temor va por delante de lo que realmente sucede, como ocurrió en aquella montaña rusa.

Atender una preocupación también puede significar aceptar que no me corresponde resolverlo todo. Que puedo estar disponible sin decidir por ellos. Que hay experiencias que necesitan atravesar con sus propios recursos, aunque a mí me cueste verlos dar esas vueltas.

Cuando esa inquietud encuentra una respuesta, un cauce o una forma de espera que puedo sostener, empieza a quedar espacio para lo demás. Mis necesidades y mis proyectos vuelven a hacerse presentes.

Por supuesto, no siempre resulta sencillo. A veces cuesta aceptar que los hijos ya van en otro carrito y, quizás, en otra montaña rusa. También cuesta reconocer cuándo necesitan que volvamos a acercarnos.

Aquella experiencia me dejó una imagen que todavía me acompaña: puedo estar muy pendiente del carrito de adelante, pero sigo viajando en el mío.

Aprender cuándo acercarme, cuándo confiar y cómo volver a mirar mi propio recorrido también forma parte de mi experiencia como madre.

Graciela Vazquez
Consultora Psicológica (Counselor)
 Acompañando desde la escucha.

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