Diferentes personas y la misma historia
A veces cambian las personas, pero la historia se parece demasiado.
Y eso rara vez es casual.
No se trata simplemente de mala suerte. Tampoco de que “otra vez me tocó alguien igual”. Cuando algo se repite en distintos vínculos, vale la pena detenerse a mirar qué estamos eligiendo… y desde dónde lo hacemos.
Muchas veces no elegimos personas. Elegimos lo que nos resulta familiar.
Y lo familiar tiene una fuerza enorme. Incluso cuando no nos hace bien. Incluso cuando nos desgasta.
Elegimos lo que aprendimos a llamar amor.
Lo que nos enseñaron a tolerar.
Lo que sabemos manejar, aunque implique tensión, incertidumbre o carencia.
No siempre es consciente. De hecho, casi nunca lo es.
Por eso el patrón no está únicamente en el otro. Está, sobre todo, en la forma en que nos vinculamos. En las expectativas que llevamos. En lo que normalizamos. En lo que justificamos. En lo que creemos que merecemos.
Y eso es incómodo de admitir.
Porque es más fácil pensar que el problema está afuera. Que simplemente “me cruzo con el mismo tipo de persona”. Pero cambiar de pareja, de amistad o de entorno no siempre cambia la historia.
Lo que transforma la historia es revisar la forma en que elegimos. Qué nos atrae. Qué toleramos. Qué señales ignoramos. Qué parte nuestra se activa en ese tipo de vínculo.
Los patrones no se rompen solo con voluntad. No alcanza con prometerse “la próxima vez será distinto”.
Primero se comprenden.
Y cuando se comprenden, empiezan a transformarse.
Graciela
Acompañando desde la escucha








Comentarios
Publicar un comentario